
“Hay una ilusión que debe ser disipada –dice Roger Chartier en un libro suyo de conversaciones–, la ilusión de que un texto es el mismo texto aunque cambie de forma… la forma contribuye al sentido”
(1).
Los hábitos, tanto de escritura como de lectura, se ven modificados, reacomodados y resignificados según la forma o el soporte que sustenta los textos que escribimos y leemos. La materialidad del texto contiene en sí misma una carga simbólica determinada por las funciones que las formas y prácticas socio-culturales le otorgan.
No es lo mismo un libro que un periódico o un
blog, por ejemplo. Las maneras en que los textos son llevados al lector, sus técnicas de producción y distribución –que responden a épocas y sociedades circunscritas por particularidades históricas– son registros que hablan también de experiencias y configuraciones sociales. Cada soporte de un texto responde a una lógica intrínseca a esta forma. Decía Borges que escribir para el periódico era escribir para el olvido. Pues eso, en el periódico se da la lógica de lo efímero, de lo coyuntural, en casa tenemos bibliotecas más no hemerotecas, nadie almacena periódicos para releerlos después, pero libros sí, y hasta los sacudimos de vez en cuando; así, las formas de lectura varían también.
Lo usual, hasta hace relativamente pocos años, era la lectura en voz alta
(2); un lector que leía para un corro de oyentes. Esto incide en las formas de sociabilidad, a su vez que estas inciden en la forma de lectura y la manera de apropiarse de los textos. Por otro lado, la lectura en silencio y en un ámbito privado e íntimo como práctica generalizada es algo muy reciente en la historia de la humanidad, posibilitado en parte por los avances técnicos en imprenta –abaratamiento de costos–, la proliferación de periódicos, la disminución del analfabetismo, etc. Alrededor de estos procesos recientes es que se constituye la llamada esfera pública, que no es otra cosa que un acercamiento a la utopía del proyecto de la ilustración: una sociedad en que un individuo racional genera una opinión propia en un ámbito privado y la contrasta públicamente con sus pares (los alcances reales de esto son ciento por ciento discutibles). En resumen, todos estos cambios han ido constituyendo muchos de los conceptos e ideas que ahora, en la práctica cotidiana, damos por sentados y creemos que han sido siempre así: libro, autor, lectura-escritura, literatura, editor, medios de comunicación.
Todas estas consideraciones hay que tomarlas en cuenta a la hora de cuestionarnos la forma en que nos desenvolvemos en este “universo” virtual de los
blogs y de las redes sociales en Internet. En mi caso, y creo que a muchos nos pasa, uso el blog como si escribiera en un papel, o en un procesador de palabras con el fin último de imprimir los textos para dárselos a los amigos y que se mueran del aburrimiento. Lo hacemos así, sin percatarnos de que en realidad la dinámica ha variado sustancialmente y esto justamente porque el soporte de los textos ha variado. Ahora mis amigos pueden leerme –o no– cuando les venga en gana y no cuando yo los importune con un papelito tachonado. Todas estas sutilezas inciden: los tachones, los cambios de palabras, la eliminación de párrafos evidentes en un manuscrito o en una impresión de Epson Stylus corregida ahora quedan ocultas; para bien o para mal, lo cierto es que las formas de relacionarse con el texto y las personas que escriben y que leen varían objetivamente. Insistiendo en mi experiencia personal, yo soy uno de los más quedaditos en este universo de los internautas, no soy un gran lector de páginas de Internet, diversifico más mis lecturas en las librerías que en la pantalla, es decir, utilizo esta herramienta con la mentalidad de un tipo más de fin de siglo que de principios. Esa es mi condición. No es que me resista, es que así se me da.

La forma en que nos acercamos a las innovaciones tecnológicas está sin duda atravesada por las prácticas previas, inclusive el diseño y la terminología con que estas son impulsadas remiten a lo conocido (pienso en el llamado “libro” electrónico). Los
blogs siguen, bien que mal, manteniendo un formato más cercano al del procesador de textos, aunque sus funciones y fines sean otros nos sigue resultando familiar. Por otro lado está Facebook, cuyo nombre remite también al mundo del libro y lo acerca de alguna manera más al tema de la identidad personal: un libro con rostro, ¿de quién?, pues el propio. Sin embargo el formato, las aplicaciones y formas de desenvolverse y comunicarse en Facebook tienen poco que ver con lo libresco como lo conocemos, y requiere de ciertas habilidades propias del mundo virtual. Yo no me siento a gusto en Facebook, aunque tengo mi cuenta no entiendo sus códigos y me comunico torpemente en él.
En todo caso, lo interesante de estos espacios es que siguen siendo cotos que se le escabullen a la censura externa y los caprichos de la persona gozan de buena salud, aunque sin duda, las “comunidades” virtuales que se van forjando elaboran a su vez mecanismos de control social intrínsecos a estas, cuyos alcances y dinámicas aún están por verse. Lo cierto es que la manera en que se regulan y mantienen estos espacios es un misterio. Cada uno responde a los lineamientos de quien lo sustenta, este es tanto autor, como editor y divulgador, de lo que ahí se publica (otro cambio importante y que suele pasar desapercibido, en las maneras “tradicionales” de la cultura escrita) en el entendido de que estas manifestaciones no dejan de ser manifestaciones sociales y como tales afectan y son afectadas por el entorno socio-histórico en el que se producen. Ahora bien, si nos preguntamos qué tanto nos acercan estos nuevos medios tecnológicos a la utopía ilustrada, donde el individuo pueda construirse una opinión propia y tenga los medios y capacidades para exponerla en un ámbito público, quizá la respuesta no sea del todo feliz, porque si bien es cierto en Internet se crean comunidades de interés con sus códigos y reglas propias, estas suelen permanecer desvinculadas e ignorantes de las otras. Es decir, al soporte tecnológico hay un tipo de sociedad que lo soporta.
Notas
(1) Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, p. 208.
(2) Sobre el desarrollo de la cultura impresa en Costa Rica desde una perspectiva histórica pueden verse los trabajos de Iván Molina El que quiera divertirse. Libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914), EUCR, 1995; La estela de la pluma. Cultura impresa e intelectuales en Centroamérica durante los siglos XIX y XX, EUNA, 2004.