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miércoles, 29 de junio de 2011

Grupo del Directorio en Facebook



Desde un inicio, hace casi dos años, este blog pretendió convertirse en el catalizador de las experiencias de escritura de los autores blogueros, bien fueran publicados y reconocidos o inéditos. Posteriormente, abrió una página en Facebook, la cual pueden aún visitar y apoyar. Sin embargo, la idea principal sigue siendo motivar a los escritores a compartir sus trabajos, a exponerlos al escrutinio y a la mirada crítica de otros autores. Creemos sinceramente que la escritura es un acto de soledad, pero que luego se proyecta a la comunidad, en un ejercicio de creación y recreación.

Por esta razón hemos abierto, también en Facebook, un grupo para el Directorio, con el fin de potencializar las posibilidades comunicativas. El grupo es abierto, y ustedes pueden solicitar unirse. Una vez que se han unido, los invitamos igualmente a afiliar contactos, pero sobre todo, los invitamos a participar, para hacer crecer la comunidad de escritores y blogueros literarios de Costa Rica, especialmente de aquellos que empiezan en este ámbito de la creación.

Publiquen en el grupo los enlaces para las entradas más recientes de sus blogs, publiquen información valiosa sobre concursos, editoriales, lecturas u otras actividades artísticas. Hagan preguntas acerca del mundo literario y de la escritura. Y muy importante, visiten los blogs y comenten, y de igual forma comenten las publicaciones de los demás en el grupo. La escritura es también un acto de generosidad, y solamente en la reciprocidad es posible encontrar voces con las cuales compartir (o disentir, no importa), pero que ejercitan nuestras posibilidades de pensamiento.

Por otro lado, les recuerdo que este blog sigue siendo un espacio abierto, y que si desean pueden enviar colaboraciones o información que anunciaremos oportunamente.

Únanse al grupo de Facebook. Hagamos crecer nuestra experinecia literaria. Quedan cordialmente invitados.

viernes, 22 de octubre de 2010

Mauricio Vargas Ortega: crónica de un festival de poesía


IX Festival Internacional de Poesía de El Salvador 2010


El lunes 4 de octubre a las 11 pm. llegué a la ciudad de San Salvador, con un día de retraso. Invitado al IX Festival Internacional de Poesía de El Salvador 2010, debía llegar el domingo 3 en la noche. Un problema con mi pasaporte estuvo a punto de frustrar este viaje en el que deposité, desde el principio, muchas esperanzas.

En la terminal me esperaba calurosamente Jorge Antonio Orellana, de quien había recibido la invitación al Festival y mantenido comunicación virtual desde el principio. En el carro estaban Nick Mahomar, miembro de la Fundación Poetas de El Salvador e Israel Colina, poeta y cantante venezolano, compañero con el que compartí casi todos los recitales durante el Festival. Había perdido el recorrido mañanero por el centro de San Salvador y la inauguración. Ahí me encontraría con la poeta salvadoreña Krisma Mancía, con la que había tenido ya comunicación a través de correo electrónico. Fue mi gran amigo, el poeta Gustavo Solórzano Alfaro, quien me contactó con ella y otros dos poetas locales: Alberto López y William Alfaro. No obstante la alegría de estar en El Salvador pese a todos los inconvenientes, lamenté mucho el desencuentro con Krisma. El viernes 8, último día del Festival, entendería la razón.   

Al llegar al hotel Novo, me encontré de nuevo con mi compatriota y amigo Florencio Quesada Vanegas, gran poeta liberiano con el cual debí viajar el domingo. Florencio se sorprendió al verme llegar, pero fue más su alegría. En San José me había pedido que hiciera todo lo posible por resolver el problema, ya que no quería estar solo en El Salvador. Sin embargo, Florencio no estaría solo en ningún lugar del mundo. Con su humor (típicamente costarricense), su simpatía, su calidez, pero sobre todo con su sinceridad, fue el alma del grupo. Estoy seguro de que Florencio colaboró en gran medida para lograr ese ambiente de unión y hermandad que vivimos durante esa semana.

Luego de saludar con un abrazo a mi compatriota y dar la mano a algunos de los poetas que se encontraban en la recepción del hotel, fui llevado a mi habitación. Después de ordenar mis cosas, de instalarme venciendo esa resistencia mía tan pueblerina a entregarme a un espacio distinto, me acosté a dormir. Era ya otro día: martes 5 de octubre.

A las 6:30 am. me encontré con Florencio para desayunar. Compartimos la mesa con los dos representantes de Guatemala: Silvia Pérez Cruz y Manuel Arriola Retolaza. La conversación fue interesante, esclarecedora. Aquella mañana se mostraba como un magnífico augurio. Después de tres semanas de lluvias incesantes en Costa Rica y el resto de Centroamérica, el sol me había acompañado fielmente durante todo el viaje: Costa Rica, Nicaragua, Honduras y, por fin, El Salvador. El sol seguía ahí, en un cielo maravillosamente azul, como ese sombrero mítico de la nostalgia y la alegría.

A las nueve estábamos todos en la recepción del hotel. Seríamos dividimos en cuatro grupos para leer en diferentes centros educativos de la capital. Mi destino me llevó al Centro Escolar España. A mi lado: Silvia Cuevas Morales (Australia); Esther Trujillo García (Cuba); Jorge Etcheverry (Canadá); Manuel Tiberio Bermúdez (Colombia); Israel Colina (Venezuela), quien sustituyó en este grupo al único de los invitados que no pudo estar con nosotros, Cristian Claudio Casadey Jarai, de Argentina. No pudimos tener un recibimiento mejor.

Como poeta entiendo que se escribe justamente por la nostalgia de lo intransferible. No escribimos para descifrar el misterio de la noche. Bordeamos la noche con la palabra, puente siempre inapropiado. Este texto a la distancia, esta nostalgia delineada con palabras, intenta ser un pálido sustituto de mi encuentro con el pueblo de El Salvador.

En la tarde compartimos con los muchachos del Instituto Nacional Técnico Industrial. Tuve la oportunidad de conocer a otros poetas: Henrik Nilsson (Suecia); Jimmy Javier Obando (Nicaragua); Marcos Rodríguez-Frese (Puerto Rico). Continuaron a mi lado Manuel Tiberio Bermúdez e Israel Colina.

Regresar al hotel con una sensación de aturdimiento, de no haber asimilado tantas y diversas emociones. Nunca había experimentado algo similar: el aplauso, el reconocimiento, la cercanía. Y todo aquello intangible, lo que no puede ser explicado, lo real de toda esta aventura. Encontrarse tan a gusto con personas que acabábamos de conocer; la simpatía a flor de piel, natural, auténtica. Escuchar poetas de diferentes países, algunos tan lejanos geográficamente, otros tan cercanos y tan lejanos a la vez. Esa sensación de reconocimiento en la palabra del otro y la certeza de cercanía que empezaba a materializarse.                           

Miércoles 6 de octubre, los poetas rumbo a Usulután, uno de los principales focos de la resistencia en época de guerra. Zona cafetera que terminó hiriéndome de nostalgia. Reconocí cada cafetal y cada pueblo, cada mirada, todas las sonrisas. Entendí, esta vez en la piel, lo absurdas que son las fronteras.

Escoltados por un carro de policía llegamos al hermoso pueblo de San Agustín. Se nos dijo que aquella compañía no era más que una formalidad. Intuíamos que no era así. Imagino que no es tan fácil borrar las heridas de la guerra, la violencia, el abandono; como un cáncer sigue consumiendo las venas y las almas. Lo sorprendente, sin embargo, fue encontrar tanto brillo en los ojos, tanta cordialidad, tanto agradecimiento en un pueblo masacrado por la guerra, los terremotos y la indiferencia. Estoy seguro de que para todos nosotros será imposible olvidar el dolorido pueblo de San Agustín, heroico.

Por lo que se nos dijo sería un atajo, partimos hacia Alegría. El camino era rural, barroso. Si no hubiéramos tenido la suerte de aquella semana soleada, sin asomo de lluvia ni tormentas, posiblemente no hubiésemos podido transitar por aquellas hermosas soledades. El carro de policía siempre adelante, para recordarnos que hay una realidad cruda y brutal en nuestros pueblos, que no habría que escarbar mucho para encontrar escombros, sangres y huesos.

Al llegar a Alegría tuve, por fin, la certeza de estar en otro país. No recuerdo en Costa Rica un pueblo como aquel: las calles en picada, las casas humildes pero limpias y orgullosas; los muros y los postes de luz pintados con los más vivos colores. El hermoso parque donde nos esperaban para recitar, con la sonrisa y la sinceridad de siempre, el hermoso pueblo de El Salvador. Recibidos con bailes, canciones y aplausos, fuimos despedidos quizás con la nostalgia de lo poco común de estos encuentros. La tímida queja, que escuché en otros sitios, de no conocer con anterioridad sobre estos Festivales que cumplen ya nueve años de existencia. Queja que, más que un reproche, parece ser una petición: “Vuelvan. Los estaremos esperando.”

El largo viaje de regreso y el calor de nuestros cuerpos, que contrastaba con el frío de la tarde que se convierte en noche. Las conversaciones amenas, cada vez más íntimas, cada vez más sinceras. Imposible permanecer distantes después de compartir aquel viaje iniciático, aquel regreso a nosotros mismos, a lo que somos, seremos y podríamos llegar a ser.

En este inolvidable viaje tuve el honor de leer al lado de: Manuel Arriola (Guatemala); Francesco Manna (Italia); Silvia Cuevas (Australia); Edgardo López (Puerto Rico); Rina Tapia de Guzmán (Bolivia); Francoise Roy (Canadá), Israel Colina (Venezuela); Bessy Reyna (Estados Unidos); Jorge Etcheverry (Canadá); Luis Ernesto Gómez (Venezuela); Marcos Rodríguez-Frese (Puerto Rico); Manuel Tiberio Bermúdez (Colombia) y Waldina Mejía Medina (Honduras). 

Esa noche Henrik Nilsson, Jimmy Obando y yo nos veríamos con el poeta salvadoreño Alberto López Serrano en Los Tacos de Paco, importante lugar de encuentro de la poesía en San Salvador. Henrik nos había propuesto que nos reuniéramos para dialogar sobre algunos aspectos relacionados con la situación de Centroamérica, su literatura y nuestra realidad como creadores. Él publicaría un artículo al respecto en alguna revista o periódico de su país. Llegamos tarde y cansados de Usulután, así que fue Alberto quien llegó al hotel una vez terminado el evento en Los Tacos de Paco.

Fue muy agradable comprobar que compartimos tantas cosas: los mismos obstáculos, las mismas necesidades, las mismas esperanzas. Hablamos de la importancia de los Festivales, de los encuentros que nos permiten conocernos, contactarnos, pero estuvimos de acuerdo en que es hora de dar otro paso. Debemos sentarnos a conversar, a discutir sobre los problemas que como escritores y seres humanos nos competen. Es hora de leernos, de publicarnos, de dialogar. Hemos permanecido ya mucho tiempo aislados. Pero para que esto suceda, tendríamos que lograr un diálogo interno, en nuestros países, donde el ambiente, en muchas ocasiones, es mezquino y excluyente.

Jueves 7 de octubre. Biblioteca Municipal Ambulante-Plaza Gerardo Barrios. Al aire libre, un público diferente. Por primera vez leí al lado de un joven poeta salvadoreño, Omar Chávez. Un policía me comentó que aquella biblioteca era frecuentada por prostitutas, indigentes, exguerrilleros, amas de casa. Mientras leíamos más personas se acercaban y se unían a esta ceremonia de la palabra. En una plaza pública, en medio de la ciudad, logramos captar la atención de niños y adultos, que de la forma más natural nos preguntaban por Roque Dalton, por la creación literaria, por ellos mismos. A mi lado: Manuel Arriola (Guatemala); Roberto Fernández Iglesias (México); Esther Trujillo García (Cuba); Marcos Rodríguez-Frese (Puerto Rico); Israel Colina (Venezuela).

Con Omar, gran representante de la poesía salvadoreña, hablamos al terminar la actividad. Ese mismo día compartí con Katheryn Rivera Mundo. Nos leímos y pude comprobar la calidad sin discusiones de la poesía escrita por los jóvenes salvadoreños. Al día siguiente, último día del Festival, leí junto a Miroslava Rosales, excelente poeta y amiga que luego nos acompañó (a mi compatriota Florencio y a mí) al centro de San Salvador: a la Catedral, al Teatro Nacional (al que no pudimos ingresar) y a una impresionante iglesia (cuyo nombre he olvidado), quizás una de las más originales del Catolicismo; joya arquitectónica que pasa inadvertida para el resto del mundo y, quizás, hasta para los mismos habitantes de San Salvador.

Una de mis mayores alegrías en este Festival, fue compartir con los jóvenes poetas locales y comprobar su generosidad y apertura para consolidar (ya es hora) un diálogo respetuoso y sano. Mi agradecimiento sincero para los colegas salvadoreños con los cuales compartí e intercambié libros: Alberto López, Omar Chávez, Miroslava Rosales, Katheryn Rivera, Vladimir Amaya, Roger Guzmán, Edgar Wilfredo Arriola, Santiago Vásquez, Andrés Castro, Herberth Cea, Manuel Ramos, Carlos Flores, Mario Zetino y Krisma Mancía. No tuve la oportunidad de conocer a Rafael Menjivar Ochoa, que leyó en la inauguración del Festival.

Viernes 8 de octubre. Último día del Festival. Nos presentamos en la Universidad Tecnológica de El Salvador. Los organizadores nos recibieron con un regalo maravilloso: el segundo tomo de las Obras Completas de Roque Dalton. Por primera vez tuve la oportunidad de leer junto a Helmut Ernesto Jerí-Pabón, de Perú. Fue un final con beso. Se dice que todo lo que empieza bien debe terminar bien. Nuestra interacción con el pueblo salvadoreño fue espontánea, cálida y sincera. Me acompañaron en la mesa, aparte de los ya mencionados (Helmut y Miroslava): Silvia Cuevas, gran amiga y compañera de muchos viajes (más aún en la memoria y los sueños); Henrik Nilsson, trotamundos al que espero recibir muy pronto en mi amada Costa Rica; Silvia Pérez Cruz, poeta de mirada tierna y sincera; Rina Tapia de Guzmán, orgullosa representante de un pueblo valeroso que aún sobrevive en su piel, su cultura, su lengua; Marcos Rodríguez-Frese, gran poeta y comedido compañero de viaje y Jorge Etcheverry, una de las voces poéticas que más hondo caló en mí.

En la noche fue la clausura por fin pude escuchar a Inés Blanco (Colombia) y al querido poeta panameño Salvador Medina Barahona. Había conversado con Salvador en varias ocasiones, hablando de la necesidad de estrechar lazos literarios y de amistad, pero nunca lo escuché recitar. Aquella última noche del Festival Salvador leyó, pero no su poesía, sino un manifiesto redactado por nuestro compañero y amigo Manuel Tiberio Bermúdez, de Colombia. Manuel, lamentablemente, tuvo que dejarnos antes de tiempo para viajar a su país. Nos hizo falta su presencia física, mas tuvimos su palabra, que todos respaldamos con nuestras firmas y deseos.

Con un cariño que creció en tan pocas horas, escuchamos la lectura de nuestros amigos: Silvia Pérez, Roberto Fernández, Helmut Jerí-Pavón, Edgardo López, Jimmy Obando, Inés Blanco y Andrés Norman Castro. Fue para mí un orgullo que Costa Rica estuviera representada en la clausura por el gran poeta y amigo Florencio Quesada Vanegas.

Tuvimos la Última Cena en un centro comercial enorme, en un restaurante mexicano. Había un poco de nostalgia en el ambiente (quizás mucha). Regresamos al hotel muy tarde. Florencio y yo apenas tendríamos un par de horas para descansar antes del largo viaje hacia Costa Rica. En la recepción del hotel nos despedimos con un abrazo de nuestros amigos, de nuestros queridos compañeros de aquel viaje que, estoy seguro, nos dejó marcados para siempre.

Gracias por una organización impecable y cálida: Paulina Aguilar de Hernández; Nick Mahomar; Jorge Orellana; Ibonny de Vilanova; María Antonieta Fontanals; Ramón Rivas; Guillermo Rivera; Alan Rodríguez; Lucía Alegría, Ana Yanci Ríos y Yamilet Ríos. Miembros y colaboradores de la Fundación Poetas de El salvador.

Gracias a todos los que ayudaron para que nos sintiéramos como en casa: conductores, personal del hotel, miembros de la Alcaldía de San Salvador, maestros, profesoras y líderes locales.

Gracias a todos los poetas salvadoreños por su cercanía y amistad. Gracias a todos los poetas con los que compartí y que llevaré en mi recuerdo por siempre.

Gracias al maravilloso pueblo de El Salvador, por recibirnos con los brazos abiertos y dejarnos tantas ganas de regresar.         

Gracias a todos por esta experiencia tan auténtica y urgente.

sábado, 10 de abril de 2010

Cambios en el Directorio


Después de medio año, y con más de cien blogs en la lista, hemos realizado algunos cambios que esperamos sirvan para hacer más útil este espacio.

Primero que todo, quiero hacer énfasis en que este no es un directorio "canónico" ni "oficial". Es decir, no necesariamente encontraremos aquí todos los nombres de autores costarricenses. Tal y como el título lo indica, es un "directorio de blogs", luego, de blogs que pertenecen a autores costarricenses. Así las cosas, es evidente que no están los nombres de autores fallecidos (aunque nunca he entendido esa descortesía de no tener un blog). Tampoco aparecen los nombres de algunos autores destacados vivos, por la sencilla razón, una vez más, de que no publican un blog.

Por otro lado, es importante señalar que los autores incluidos no responden necesariamente a mis criterios  ético-estéticos. No es mi tarea, en este espacio, juzgar la calidad de cada quien. Como he dicho en otros momentos, si es un blog donde se publica la obra de su autor, listo, será incluido. El principal objetivo es solamente visibilizar el trabajo de los blogueros y aportar un poco de orden en el universo digital.

Con esto en mente, me di a la tarea de reorganizar las listas. Tenemos entonces una lista completa, una lista de autores que ya han publicado al menos un libro en forma impresa, y una lista de autores que aún no lo han hecho. Aparecen como "inéditos" por un asunto formal, puesto que su obra sí se ha publicado digitalmente. En los autores inéditos se incluyen los blogs colectivos y algunos que han decidido permanecer anónimos o con pseudónimo. Es posible, por esto, que alguno de ellos sí tenga obra impresa, pero no podemos afirmarlo mientras no lo hagan público. También hemos incluido en la lista de autores con obra impresa a aquellos que tienen textos en prensa.

De igual forma, se mantiene la lista por orden alfabético y una columna para las actualizaciones de cada blog. En dicha columna solo aparecen los últimos veinticinco que estén actualizados. Por otro lado, el detalle más importante es que ahora el nombre de cada autor los lleva directamente a su blog.

Una vez más, les rogamos su colaboración para corregir cualquier error o detectar enlaces que no funcionan. También, si desean cambiar sus datos, ser incluidos o excluidos o enviar una breve nota bio-bibliográfica y una descricpión de su blog, puede hacerlo. Póganse en contacto por este medio.

sábado, 6 de marzo de 2010

Donde se discute sobre cultura escrita, la tecnología y otros asuntos no menos curiosos


Eduardo Valverde
Muchacha Recostada

“Hay una ilusión que debe ser disipada –dice Roger Chartier en un libro suyo de conversaciones–, la ilusión de que un texto es el mismo texto aunque cambie de forma… la forma contribuye al sentido”(1).

Los hábitos, tanto de escritura como de lectura, se ven modificados, reacomodados y resignificados según la forma o el soporte que sustenta los textos que escribimos y leemos. La materialidad del texto contiene en sí misma una carga simbólica determinada por las funciones que las formas y prácticas socio-culturales le otorgan.

No es lo mismo un libro que un periódico o un blog, por ejemplo. Las maneras en que los textos son llevados al lector, sus técnicas de producción y distribución –que responden a épocas y sociedades circunscritas por particularidades históricas– son registros que hablan también de experiencias y configuraciones sociales. Cada soporte de un texto responde a una lógica intrínseca a esta forma. Decía Borges que escribir para el periódico era escribir para el olvido. Pues eso, en el periódico se da la lógica de lo efímero, de lo coyuntural, en casa tenemos bibliotecas más no hemerotecas, nadie almacena periódicos para releerlos después, pero libros sí, y hasta los sacudimos de vez en cuando; así, las formas de lectura varían también.

Lo usual, hasta hace relativamente pocos años, era la lectura en voz alta(2); un lector que leía para un corro de oyentes. Esto incide en las formas de sociabilidad, a su vez que estas inciden en la forma de lectura y la manera de apropiarse de los textos. Por otro lado, la lectura en silencio y en un ámbito privado e íntimo como práctica generalizada  es algo muy reciente en la historia de la humanidad, posibilitado en parte por  los avances técnicos en imprenta –abaratamiento de costos–, la proliferación de periódicos, la disminución del analfabetismo, etc. Alrededor de estos procesos recientes es que se constituye la llamada esfera pública, que no es otra cosa que un acercamiento a la utopía del proyecto de la ilustración: una sociedad en que un individuo racional genera una opinión propia en un ámbito privado y la contrasta  públicamente con sus pares (los alcances reales de esto son ciento por ciento discutibles). En resumen, todos estos cambios han ido constituyendo muchos de los conceptos e ideas que ahora, en la práctica cotidiana, damos por sentados y creemos que han sido siempre así: libro, autor, lectura-escritura, literatura, editor, medios de comunicación.

Todas estas consideraciones hay que tomarlas en cuenta a la hora de cuestionarnos la forma en que nos desenvolvemos en este “universo” virtual de los blogs y de las redes sociales en Internet. En mi caso, y creo que a muchos nos pasa, uso el blog como si escribiera en un papel, o en un procesador de palabras con el fin último de imprimir  los textos para dárselos a los amigos y que se mueran del aburrimiento. Lo hacemos así, sin percatarnos de que en realidad la dinámica ha variado sustancialmente y esto justamente porque el soporte de los textos ha variado. Ahora mis amigos pueden leerme –o no– cuando les venga en gana y no cuando yo los importune con un papelito tachonado. Todas estas sutilezas inciden: los tachones, los cambios de palabras, la eliminación de párrafos evidentes en un manuscrito o en una impresión de Epson Stylus corregida ahora quedan ocultas; para bien o para mal, lo cierto es que las formas de relacionarse con el texto y las personas que escriben y que leen varían objetivamente. Insistiendo en mi experiencia personal, yo soy uno de los más quedaditos en este universo de los internautas, no soy un gran lector de páginas de Internet, diversifico más mis lecturas en las librerías que en la pantalla, es decir, utilizo esta herramienta con la mentalidad de un tipo más de fin de siglo que de principios. Esa es mi condición. No es que me resista, es que así se me da.


La forma en que nos acercamos a las innovaciones tecnológicas está sin duda atravesada por las prácticas previas, inclusive el diseño y la terminología con que estas son impulsadas remiten a lo conocido (pienso en el llamado “libro” electrónico). Los blogs siguen, bien que mal, manteniendo un formato más cercano al del procesador de textos, aunque sus funciones y fines sean otros nos sigue resultando familiar. Por otro lado está Facebook, cuyo nombre remite también al mundo del libro y lo acerca de alguna manera más al tema de la identidad personal: un libro con rostro, ¿de quién?, pues el propio. Sin embargo el formato, las aplicaciones y formas de desenvolverse y comunicarse en Facebook tienen poco que ver con lo libresco como lo conocemos, y requiere de ciertas habilidades propias del mundo virtual. Yo no me siento a gusto en Facebook, aunque tengo mi cuenta no entiendo sus códigos y me comunico torpemente en él.

En todo caso, lo interesante de estos espacios es que siguen siendo cotos que se le escabullen a la censura externa y los caprichos de la persona gozan de buena salud,  aunque sin duda, las “comunidades” virtuales que se van forjando elaboran a su vez mecanismos de control social intrínsecos a estas, cuyos alcances y dinámicas aún están por verse. Lo cierto es que la manera en que se regulan y mantienen estos espacios es un misterio. Cada uno responde a los lineamientos de quien lo sustenta, este es tanto autor, como editor y divulgador, de lo que ahí se publica (otro cambio importante y que suele pasar desapercibido, en las maneras “tradicionales” de la cultura escrita) en el entendido de que estas manifestaciones no dejan de ser manifestaciones sociales y como tales afectan y son afectadas por el entorno socio-histórico en el que se producen. Ahora bien, si nos preguntamos qué tanto nos acercan estos nuevos medios tecnológicos a la utopía ilustrada, donde el individuo pueda construirse una opinión propia y tenga los medios y capacidades para exponerla en un ámbito público, quizá la respuesta no sea del todo feliz, porque si bien es cierto en Internet se crean comunidades de interés con sus códigos y reglas propias, estas suelen permanecer desvinculadas e ignorantes de las otras. Es decir, al soporte tecnológico hay un tipo de sociedad que lo soporta.

Notas

(1) Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, p. 208.

(2) Sobre el desarrollo de la cultura impresa en Costa Rica desde una perspectiva histórica pueden verse los trabajos de Iván Molina El que quiera divertirse. Libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914), EUCR, 1995; La estela de la pluma. Cultura impresa e intelectuales en Centroamérica durante los siglos XIX y XX, EUNA, 2004.

miércoles, 21 de octubre de 2009

A ver si se enciende la mecha

El escritor mexicano, radicado en Estados Unidos, Humberto Garza, reflexiona sobre los problemas de escribir, editar y leer poesía. En este sentido, me parece que este texto debe permitir la discusión, especialmente de muchos jóvenes que hoy empiezan, porque son ellos los que deben considerar estos problemas, y aceptar o rechazar las ideas de Garza, y a la vez proponer nuevas alternativas.

Publicaciones... 

La práctica diaria y un considerable bagaje de conocimientos lingüístico-literarios nunca van a sustituir talento natural; con esto no estoy insinuando que el estudio y ejercicio sean innecesarios a un poeta que nació dotado de gran genio, la mayoría de autores inmortales tuvieron extensa educación formal o educación adquirida sin asistir a planteles de estudios superiores; es imposible para un 'bien intencionado' escribir profesionalmente sin tener vastos conocimientos de las reglas que atañen al oficio, también es imposible para un académico escribir textos de mérito sin poseer talento natural para hacerlo. Este tipo de problema aflige a la poesía actual más que a ningún otro de las artes; son tantos los pedagogos y aficionados que incursionan en ella con tan desmedida agresividad y obstinación por publicar virtualmente y en forma impresa; que el público, con razón más que justificada ha dejado de leerla. El daño no para ahí, sino que ya trascendió a los únicos medios de divulgación que antes tenía; cuando editoriales, revistas y periódicos serios dejaron de publicarla. Su repulsa fue tan rotunda y abierta que varios diarios de gran circulación notificaron que en sus páginas... ni siquiera reseñas de poemarios iban a insertar. Algunos editoriales, quizá por manipulaciones internas, algunas veces se han dignado a publicar a autores que gozan de institucionalidad y mediano renombre, pero de sobra es decir que estos han sido grandes fracasos económicos. En los años cincuenta y sesenta aún era fácil encontrar  libros de poesía en librerías, tiendas de revistas y hasta en parapetos que ponían algunos vendedores en las calles; ahora, cuando alguien busca obras de grandes poetas del pasado o de poetas contemporáneos que saben hacer bien las cosas, va a tener que armarse con mucha suerte y acudir a "ferias de libros" que se llevan a cabo en grandes ciudades, de lo contrario... es prácticamente imposible adquirirlas. Cuando los novelistas, que son tipos disciplinados y expertos en la ejecución de su oficio están padeciendo un treinta... y en ocasiones hasta un noventa por ciento en la devolución de sus libros, es fácil predecir el descalabro que puede sobrevenir a publicaciones hechas por "poetas" que escriben con el regocijo infantil, ignorancia y falta de seriedad propias de una turba de muchachos en vacaciones.

El gobierno y las universidades, en un vano intento por brindar apoyo al arte subsidian pequeñas ediciones poéticas que infaliblemente no se mueven ni logran llegar a librerías. La industria del libro es costosa en todas sus fases; la preparación de textos para impresión y distribución implica grandes gastos y además es un negocio; sería inmaduro pensar que un editorial formal pague personal que evalúe para edición las obras de miles de "poetas" que existen en cada ciudad, y mayor inmadurez aún sería imaginarlos pagando a distribuidores un cuarenta por ciento del costo de cada ejemplar para esparcirlos en librerías que no van a querer ponerlos en sus estantes; los libreros conocen bien su comercio; su larga experiencia les indica negar espacio en sus negocios a cosas que ¡No se venden! Cuando deciden dedicar un estante o dos a la poesía, invariablemente ponen a los 'consabidos': Homero, Dante, Shakespeare, Byron, Lorca, Neruda... y a algunos contemporáneos que saben hacer bien las cosas y a quienes puedo contar con los dedos de una mano, e. g.: Nicanor Parra, Miguel Arteche...

El que un poeta adolescente, lleno de juvenil entusiasmo dedique tiempo a la tarea de propagar sus anodinas obras por todos los medios de comunicación posibles, es comprensible, su falta de experiencia y discernimiento le impiden tener consciencia y cuenta cabal de lo que hace; pero el que un poeta maduro, impulsado por la hipócrita buena recepción y falsa adulación que 'los miembros de su logia' le prodigan, intente hacer lo mismo, es necedad en toda la extensión de la palabra. El "Aquí donde yo vivo la gente no reconoce mi talento" será porque la gente no encuentra talento que reconocer; y el "Cada poeta debe escribir lo que le nazca", avanti!, puede escribir lo que le 'nazca' sin tomar en cuenta el gusto del público, que lo haga absteniéndose de propagarlo en medios de comunicación que acceden las multitudes. Muchas personas cantan en el baño o cuando manejan, pero nunca corren a un estudio de sonido con la intención de grabar. 

Existen poetas que organizan presentaciones y participan en recitales donde LEEN sus poemas; hacen eso incluso con textos que se componen  solamente de 3 ó 4 estrofas, no los aprendieron porque fueron incapaces de hacerlo o tal vez consideraron trabajo inútil remitirlos a sus memorias; ¿En qué cabeza cabe pensar que un poema leído es un show apto para divertir  audiencias? Los poemas son obras de arte, no artículos de periódico, estos deben ser memorizados y declamados con voz expresiva y fuerte; y de ser posible con acompañamiento musical. Un actor, rapsoda o locutor... puede leer y deleitar concurrencias porque tiene gran experiencia en ese tipo de actividades, pero un poeta inexperto en locución, prosodia y el arte del buen hablar debe evitar en lo posible andar aburriendo audiencias. Antes de publicar en letra impresa o en forma virtual; antes de ir a dar lecturas frente a grupos de personas, es preciso cerciorarse que nuestros escritos gustan a familiares y amigos.

Humberto Garza